Ramon Amaya Amador

Ramon Amaya Amador
29 de Abril 1916 - 24 de Nov. de 1996

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Biografia

Nació en Olanchito (1916), falleció en Checoslovaquia (1996). Autor de Prisión Verde. México, 1950, que en opinión de Longino Becerra “es, sin duda alguna su mejor obra… Este libro recoge la experiencia, dolorosa y brutal, del novelista como trabajador bananero”. Amanecer. Novela. Guatemala, 1953, Bajo el signo de la paz. Crónicas de un viaje a China Popular, Tegucigalpa, 1953. Constructores. Tegucigalpa, 1958. Los Brujos de Imaltepeque, Novela, Tegucigalpa, 1958. Destacamento rojo. México. 1962. Operación gorila. Moscú, 1970 (en ruso). (En español 1991), Cipotes (1981), Jacinta Peralta (1996), el señor de la Sierra (1993). Entre sus obras inéditas: Rieles gringos (1951), Biografía de un machete (1959), Buscadores de Botijas (1961), Un aprendiz de Mesías (1961), Tierras bravas de coyol (1962), Huellas descalzas por las aceras (impresa en 1981 con el titulo Cipotes), el hombre embotellado (1965), Tierra Santa (1965), La abanderada (s.f), Ciclo Morazanico (1966), en 5 tomos. Memorias y enseñanzas del alzamiento popular de 1954 (1989), en colaboración con Rigoberto Padilla Rush. El señor de la Sierra (1993); Con la misma herradura (1993); Memorias de un canalla (2004). Escribió ensayos y teatro, además de novela. El camino de Mayo es la Victoria. Tegucigalpa, 1974. Peste Negra (1956) y La Mujer Mala (1959), son ejemplos de su incursión en otros géneros literarios.
      De él ha dicho Roberto Sosa: “Con Ramón Amaya Amador la novela social hondureña comienza a adquirir relieves de dignidad y no obstante que la crítica literaria ha subrayado a su narrativa defectos de construcción, ha reconocido su poder captativo y transfigurador de la situación del cuadro de realidad que le toco vivir. Los libros de Amaya Amador señalan la explotación que los monopolios extranjeros han verificado y verifican en nuestro país. Señalan el trabajo embrutecedor que las peonadas sufrientes hicieron y hacen en la selva artificial de los bananales hondureños. No podía hacer otra cosa quien fue gota de esa sucia corriente. De allí la fuerza conmovedora de su obra”.
     Para Longino Becerra, “fue dueño de una gran capacidad fabuladora”; para Julio Escoto conto con “una dedicación disciplinada a su trabajo”; José D. López Lazo considera que Amaya Amador “cultivo todos los géneros… sin embargo, habría de quedarse con la narrativa y dentro de esta, con la novela… Necesitaba de un género que se volcase sobre la realidad exterior, en su caso concreto, sobre la realidad histórica. La historia, nuestra Historia, concebida como el producto de la lucha de clases, define su obra… hacia ahí confluye casi toda su obra. Pienso que no tuvo conciencia, no delimito el peligroso punto en donde literatura e historia se rozan, pienso que para él fueron dos realidades mínimamente diferentes. Para el hacer literatura era una forma directa de hacer historia, de liberar a un pueblo de tanta opresión. De ahí que su obra apenas evolucionara literariamente. Ni reflexión ante el lenguaje, ni búsqueda de técnicas narrativas. Esto era imposible. Involucraba una concepción más profunda de la realidad, de la que seguramente tuvo conciencia… pero no habría tiempo, ni ambiente propicio, ni deseo; no eran su circunstancia. Le urgía transformar la sociedad, no el lenguaje ni las técnicas narrativas; por ello, trabajo con la óptica narrativa y las herramientas lingüísticas que le brindo la tradición romántico-realista, que ya para su tiempo eran una retorica gastada. La sinceridad, lo autentico, su visión dinámica del hombre y de la sociedad lo salvan. Su obra convoca la dignidad y la esperanza de los postergados. A los que siempre quiso ver de pie y caminando. De esta manera, su afirmamiento en nuestra Historia, en su proceso dialectico, tiene sus frutos; sin ese concepto del acontecer social, su narrativa sería la de un criollismo puro, con su folklore, su naturalismo fatídico o su costumbrismo ingenuo. El dinamismo de la Historia le da madurez a su obra, aunque no la profundidad necesaria para llamarla universal. Al presentarnos un hombre como producto histórico, Amaya Amador lo hace caminar: hace caminar de su aparente estatismo de piedra a la sociedad hondureña. A pesar vio y convivió con un hombre en un estado casi natural, no lo condeno a la pasividad histórica de esta existencia, sino que lo ubico como protagonista de los procesos sociales. Hizo el primer gran esfuerzo por humanizar y enriquecer la Historia propia sin deformarla en sus movimientos esenciales… el novelista de Olanchito es el más leído entre los humildes. En esto radica nuestra deuda con él, la deuda de Honduras con él: le empezó a abrir bien los ojos, los ojos que si son sus ojos: los de su pueblo…:”.

Argueta, M. (Ed.). (1986). Diccionario de Escritores Hondureños (2nda Edición). Honduras: Tegucigalpa.

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